DECLARACIÓN DE FE
Las Escrituras
Nosotros creemos que toda la Biblia: ambos, el Nuevo y el Antiguo Testamento, es la Palabra inspirada e infalible del Dios vivo, y es útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia. Escrita por hombres, bajo la inspiración del Espíritu Santo, la Biblia registra la propia revelación de Dios a la raza humana. Es a través de las Escrituras, que somos llevados a la fe en Jesucristo. Por esta razón, la Biblia dada originalmente, está exenta de errores humanos porque es verbalmente inspirada. Todos los creyentes deberían estudiar la Biblia y conocer sus enseñanzas para así poder aplicarlas a sus vidas. La Biblia es la guía normativa y autoritativa para todas las prácticas y doctrinas de la vida cristiana. Las Escrituras son totalmente suficientes y nada debe ser añadido a ellas. Todo lo que nosotros creamos, como individuos o como iglesias, tiene que estar sólidamente basado en lo que enseñan las Santas Escrituras (2 Timoteo 3:15-17; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Pedro 1:21).
La Trinidad de Dios
Nosotros creemos en un Dios quien se ha revelado a sí mismo como un ser eterno en si mismo: “Yo Soy”, el creador del cielo y de la tierra y redentor de la humanidad-(Deuteronomio 6:4; Isaías 43:10-15; 44:6-8). Él, además, se ha revelado así mismo como el modelo que representa los principios de relación y asociación como Padre, Hijo y Espíritu Santo-(Mateo 3:16-17; 28:19; Lucas 3:22; 2 Corintios 13:14). Nosotros creemos que estas tres personas – Padre, Hijo y Espíritu Santo – forman lo que la Biblia llama la “Deidad” (Colosenses 2:9). Nosotros creemos que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno en sustancia y propósito, pero son diferentes en sus funciones. El Padre crea, el Hijo redime, y el Espíritu Santo santifica; sin embargo, en cada operación los tres están presentes: El Padre es preeminente el Creador; sin embargo, el Hijo y el Espíritu Santo se describen como cooperadores en esa obra. El Hijo es preeminente el Redentor; sin embargo, el Padre y el Espíritu Santo se describen como los que envían al Hijo a redimir. El Espíritu Santo es el Santificador; sin embargo, el Padre y el Hijo cooperan en esta obra. Nosotros no creemos que el Padre y el Hijo son las mismas personas o que el Espíritu Santo es la fuerza de Dios. Nosotros vemos que la Biblia hace distinciones claras entre cada uno de ellos, y ellos son tres maravillosas revelaciones eternamente: del único, verdadero y Dios vivo. Por eso nosotros aceptamos lo que los historiadores de la Biblia han llamado “la Doctrina de la Trinidad” (Mateo 3:16-17; 28:19; Lucas 3: 22; 2 Corintios 13:14). Otros versículos de referencia: Juan 14:31, 16:7 Génesis 1:26; 3:22
Jesucristo, Hijo de Dios
Nosotros creemos que Jesús fue totalmente humano y totalmente Dios (Filipenses 2:5-8; Hebreos 4:14-15) y que Él manifestó la “imagen del Dios invisible”(Colosenses 1:15) y que Él debe ser venerado, glorificado, alabado y adorado (igual que al Padre y al Espíritu Santo) no sólo por lo que Él hizo, sino por quien Él es: el Hijo de Dios y Dios el Hijo (Apocalipsis 5: 8-9). Nosotros creemos que Jesús, el hombre, nació cuando “la Palabra se hizo carne” y que nació de una virgen, que nunca había conocido varón (Juan 1:14; Mateo 1:18). Nosotros creemos que en su cuerpo Él cargó nuestros pecados, nuestras enfermedades y sufrimientos (Isaías 53:4-5; 1 Pedro 2:24). Que Él nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (Gálatas 3:13). Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria; quitándola de en medio y clavándola en la cruz; y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz (Colosenses 2:14-15).
El Espíritu Santo
Nosotros creemos que el Espíritu Santo fue enviado al mundo para convencer de pecado, de justicia y de juicio y para impartir la naturaleza de Dios a todo aquél que cree en el Señor Jesucristo (Juan 16:8; 2 Pedro 1:4; Juan 3: 5-6) y para dar poder a los creyentes para que vivan una vida cristiana victoriosa sobre el pecado, el diablo y el mundo; produciendo la naturaleza de Jesús en cada creyente, lo cual es el fruto del Espíritu (Hechos 1:8; Romanos 6:22; Gálatas 5:22-23). Él también dirige la iglesia a un entendimiento y aplicación correcta en la verdad de la palabra de Dios: Las Escrituras. Él es la tercera persona de la trinidad y es totalmente Dios.
Salvación
Nosotros creemos que el hombre fue creado bueno y puro. Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”. Sin embargo, el hombre por su transgresión cayó, voluntariamente, incurriendo no sólo en la muerte física sino también en la muerte espiritual, la cual es separación de Dios (Génesis 1:26-27; 2:17; 3:6; Romanos 5:12-19). El hombre no regenerado vive bajo el dominio del pecado y de Satanás. Está en enemistad con Dios y es hostil hacia Él. El hombre sin Dios vive en este mundo sin esperanzas. El Evangelio es la buena nueva de lo que Jesucristo hizo por la raza humana. La Crucifixión de Cristo es el sacrificio de expiación por nuestros pecados: Su muerte satisface las demandas de la justicia divina de Dios, aplaca su ira santa, borra nuestros pecados, purifica nuestra alma y nos reconcilia con Dios. Su resurrección es prueba de nuestra justificación con Dios. “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, (1 Timoteo 2:5). El hombre responde al Evangelio solamente por la gracia de Dios por medio de la fe (Efesios 2:8). Es la gracia de Dios la que imparte fe en el corazón del hombre. Cuando el hombre cree en el Evangelio es traído a arrepentirse, separándose de sus pecados y abrazando a Jesucristo. Bíblicamente, la conversión está caracterizada por un cambio de vida; y el trabajo y servicio al Reino es evidencia de la fe salvadora en el creyente. La salvación no sólo significa la redención a través de la sangre de Jesús y el perdón de nuestros pecados, también incluye la sanidad de nuestros cuerpos, la cordura para nuestras mentes; y autoridad sobre el diablo y los demonios y la redención futura de nuestros cuerpos (Efesios 1:7; Mateo 8:17; Filipenses 4:7; Lucas 10:19; Efesios 1:19-23; Romanos 8:23).
El Bautismo y el poder del Espíritu Santo
El Espíritu Santo da poder a los creyentes para el testimonio y el servicio cristiano. Ser llenos del Espíritu Santo y ser bautizados con el Espíritu Santo son teológicamente experiencias distintas, aunque la última puede ocurrir en proximidad cercana a la primera. La promesa del Padre está disponible para todo el que cree en Jesucristo, para habilitarlos a ejercer el poder de Dios y serle testigo en el ministerio y la misión. Como enseña el libro de los Hechos, hablar en lenguas es la evidencia más común e inmediata, pero no necesariamente es una evidencia de que el don del Espíritu Santo ha sido recibido. El Espíritu Santo desea continuamente llenar a cada creyente con poder para testificar e impartir sus dones sobrenaturales para la edificación del cuerpo de Cristo y para la obra del ministerio en el mundo. Todos los dones del Espíritu Santo en función en la iglesia del primer siglo están disponibles hoy día y deben ser seriamente deseado y practicado. Ellos son esenciales en la misión de la Iglesia en el mundo de hoy. (Hechos 1:5, 8; 2:4, 33, 38; 4:8, 31; 8:15, 29; 9:17; 10:44-47; 11:16; 13:2; 19:2-6; 20:28; Romanos 15:19; 1 Corintios 2:1-5)
La Cena del Señor
La Cena del Señor, consiste de pan y jugo de uva, es el simbolismo que expresa nuestro compartir con la naturaleza divina de nuestro Señor Jesucristo. Esta es un memorial de su sufrimiento y muerte en la cruz, y una profecía de su segunda venida. Es una demostración de la unidad del cuerpo de Cristo. La Cena del Señor es una ordenanza para todos los creyentes “hasta que Él venga” (Mateo 26:26-29; Juan 6:53-57; 1 Corintios 11:23-26).
Bautismo en Agua
Por ser el modo que más se ajusta a las Sagradas Escrituras y practicado por la iglesia primitiva, toda persona debe ser bautizada por “Inmersión”, salvo en caso extraordinario. El bautismo en agua debe ser una realidad en la vida de todo aquel que realmente se ha arrepentido y que en su corazón verdaderamente ha creído en Jesucristo como su Salvador y Señor. Cumpliendo dicha ordenanza, el lavamiento del cuerpo en el agua, es como un símbolo exterior del lavamiento interior. A través de este acto, se hace una declaración ante el mundo de que la persona ha “muerto” con Jesús y ha sido “resucitado” con Él en su vida nueva. (Mateo 28:19; Romanos 6:3-5; Colosenses 2:12).
La Iglesia
Dios, a través de la Palabra y del Espíritu Santo, llama a hombres pecadores fuera de su mundo natural y los trae a la comunión en el cuerpo de Cristo. Esta Iglesia no es una institución u organización religiosa, sino un organismo vivo que consiste de seguidores verdaderos de Jesús, quienes personalmente se han apropiado del Evangelio. La Iglesia existe para glorificar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y para propagar el Evangelio por los cuatros confines de la tierra. Después del arrepentimiento, hombres y mujeres nuevos, redimidos, deben congregarse en una iglesia, donde consagren su ser a la enseñanza, compañerismo, la Santa Cena, la oración y el servicio al Señor. Dios le ha dado a la Iglesia cinco ministerios distintos (Efesios 4:11) en orden de preparar adecuadamente al pueblo de Dios para servirle y para fortalecerlos en la fe. Estos cinco ministerios: apóstol, profeta, evangelista, pastor y maestro, todavía funcionan hoy y son necesarios para que la Iglesia alcance la meta suprema a su plenitud (Efesios 4:12). La iglesia local debería recibir información de estos cinco ministerios regularmente. El resultado es que los santos no sólo se desarrollarían regularmente, pero serían equipados completamente en su trabajo único de avanzar el reino de Dios en la esfera designada por Dios.
El Fin de los Tiempos
Nosotros creemos en la esperanza divina, que es la venida pre-milenial de Cristo por su Iglesia. Nosotros creemos en el regreso visible de Cristo, con sus santos, para reinar en la tierra por mil años (Zacarías 14:5; Mateo 24:27, 30; Revelación 19:11-14; 20:1-6). Nosotros creemos que habrá un juicio final para los muertos en pecado. Aquellos que no estén escritos en el Libro de la Vida serán lanzados, juntos con el diablo y sus ángeles, la bestia y el falso profeta, al castigo eterno: el lago de fuego, que es la muerte segunda (Mateo 24:27; Revelación 19:2, 20:11-15, 21:8). Nosotros creemos que habrá nuevos cielos y nueva tierra. “Nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 Pedro 3:13; Revelación 21:22).



